Recordaba una mañana que iba en el autobús. Miró por la ventana y vio a una chica en moto. El casco sólo dejaba al descubierto unos ojos preciosos y profundos. Sus miradas se cruzaron un momento. Pensó: «¿No me estaré precipitando al renunciar a la posibilidad de encontrarme con esos ojos, conocer a la persona que hay detrás de ellos, y a muchas otras, al elegir estar con ella?». Le preocupó un poco el pensamiento.
Por la noche fue a su casa. Subió las escaleras corriendo —nueve pisos, y alguien había dejado un sofá en un rellano que tuvo que saltar— porque el ascensor estaba demasiado lejos y él estaba demasiado impaciente por verla, por besarla. Ella le estaba esperando en la puerta. La miró a los ojos. Y supo que eran los únicos ojos en los que quería perderse el resto de su vida.
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