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8. Un salto de fe

No podía dormir. Llevaba casi una hora dando vueltas en la cama. Se levantó y se dirigió a la cocina para preparar café. «El café que solía preparar para ella», pensó.

   Con el café humeante en la mano, entró en el despacho y encendió el ordenador. La ciudad todavía dormía. Le encantaba ponerse a escribir de madrugada, arropado por esa sensación de soledad que otorgaban el silencio y la oscuridad de la noche. Tomó un sorbo de su café y empezó a teclear.

«Te he demostrado mi amor ─ese amor que va más allá del enamoramiento inicial, de esos primeros meses en que sexo y amor se (con)funden en una relación─ en el día a día, con gestos: cambiando lo que sé que tenía que cambiar, dejándote detalles y notas semiescondidos en casa desde el primer día, emocionándote con palabras susurradas en la cama o manuscritas en una hoja, levantándome a las 6 para llevarte el café a la cama... He hecho todo esto porque me apetecía, porque era lo que tú me inspirabas, y porque me hacía feliz verte feliz.

   »El amor no es eso espontáneo, impulsivo, explosivo que nos venden en las películas. No es la exaltación de la pasión frente a la razón del Manifiesto romántico de Víctor Hugo, que más tarde haría suyo Disney. El amor se cuece a fuego lento en relaciones a largo plazo, a lo largo de meses o, a veces, incluso de años. Al menos, eso es lo que yo creo. Eso es lo que aprendí con Fromm, y he vivido varias veces ─más de las que me hubiera gustado─ en carne propia. El amor está en el día a día, no en la cama sino fuera de ella; es algo que se trabaja y se cuida a diario.

   »Porque para mí el amor es desprenderse de uno mismo y entregarse sin miedos a la otra persona ─como quien cruza sin red las Torres Gemelas o da un salto de fe sobre el abismo para llegar al Santo Grial─, aunque sepas que al final puedas resultar herido.

   »Si no lo arriesgas todo, es imposible ganar nada.»

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