Sentándose en el suelo frente a él, sobre la paciente piedra del monasterio que había presenciado tantas veces esta misma escena, el primer monje habló:
─Maestro, mi hermano y yo hemos estado discutiendo sobre esta cuestión.
El anciano escuchó atentamente la exposición del punto de vista del primer monje, asintiendo de tanto en tanto en señal de entendimiento ─que no necesariamente de acuerdo─. Cuando el primer monje hubo acabado de hablar, el maestro cerró un momento los ojos, meditabundo, y al cabo de un tiempo los volvió a abrir despacio y dijo:
─Tienes razón.
El primer monje sonrió satisfecho y miró de soslayo a su compañero, que ya se apresuraba a protestar:
─Pero, maestro, según veo yo este asunto... ─empezó diciendo, y continuó exponiendo su opinión sobre el tema.
El maestro, nuevamente, escuchaba, asentía y, finalmente, cerrando los ojos, se dispuso a meditar sobre este enfoque diferente de la cuestión. Al rato, abriendo los ojos de nuevo, sentenció:
─Hum, sí... tienes razón.
El segundo monje hizo un ligero gesto de cabeza hacia su maestro en señal de agradecimiento, mirando de reojo con secreta satisfacción la cara de asombro de su hermano.
El tercer monje, apenas un muchacho, que había asistido a la disputa desde el principio en silencio, exclamó:
─Pero, maestro... ¡no es posible que los dos tengan razón!
El maestro asintió sonriendo y dijo:
─Tú también tienes razón.
La moraleja de esta historia es que todo el mundo tiene razón. O que nadie la tiene. O las dos cosas al mismo tiempo. Así que, simplemente, como suele aconsejarme un amigo después de escucharme pacientemente: haz lo que te dé la gana. Cualquier cosa estará bien; quizás porque ninguna lo está, realmente.
Creo que el maestro estaría de acuerdo con mi conclusión.
Y con cualquier otra.
La imagen corresponde a la película Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera (Kim Ki-duk, 2003).
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