Hay historias que se pueden cerrar suavemente, como quien sale de puntillas de una reunión y tiene cuidado al cerrar la puerta para no molestar.
Otras, en cambio, pueden dejarse entornadas al salir. Porque quizás, más tarde, cuando el ambiente esté menos enrarecido, se desee ─y se pueda─ volver a entrar.
Finalmente, hay veces en que es necesario salir dando un portazo. Un portazo de indignación y de desesperación. Un portazo elocuente que diga «¡Basta!» y que no invite a abrir la puerta de nuevo, por ningún lado. Un portazo más eficaz que mil cerraduras, que siempre pueden ser forzadas.
Porque detrás de algunas puertas se esconden monstruos a los que no podemos vencer.
O tal vez el monstruo, quién sabe, esté de este lado de la puerta y estemos condenador a convivir con él.
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