Hace unos días, saliendo del metro, vi que una madre que llevaba a su hijo en brazos lo dejaba en el suelo para que subiera las escaleras a pie, de la mano. El niño, sorprendido, sin mover un pie del primer escalón —en el que lo había puesto su madre— protestó:
—Nooo... las escaleras pesan, mamá —dijo, mirando a su madre con la expresión de alguien que ha dicho algo tan obvio que no precisa mayor explicación.
—¿Cómo que las escaleras pesan?
El niño, por toda respuesta, sin soltar la mano de su madre, hizo el intento de levantar un pie del suelo, observándolo cuidadosamente, como para asegurarse de que estaba haciendo el movimiento correcto. Apenas logró despegar un poquito el pie del suelo, volvió a caer sobre él de golpe. ¡PUM!
—¿Ves? —dijo mirando a su madre con la expresión fastidiada de un teórico que debe rebajarse a hacer física experimental.
La madre, con pocas ganas de discutir y con una media sonrisa en la cara, lo volvió a coger en brazos. La demostración había sido impecable.
Comentarios
Publicar un comentario