El gran inconveniente de llevar razón en algún asunto es que uno se relaje y deje de pensar. O de razonar.
Porque, se lleve o no la razón, no es razonable pensar que el otro lo va a aceptar siempre de buen grado, sin rechistar. Cada uno tiene su forma de ver las cosas, y, aunque esa forma esté equivocada, no siempre se es capaz de ver el error, ni se está dispuesto a reconocerlo o a renunciar a él —especialmente cuando no nos conviene—. Y, yendo más allá: difícilmente alguien tendrá toda la razón y el otro ninguna.
El gran inconveniente de enrocarse cuando se sabe —o se intuye— que se tiene razón en algo es que uno rechaza cualquier negociación. Y esto puede tener consecuencias nefastas sobre nosotros mismos, con lo que tener razón se convierte, a la postre, en un lastre en nuestras relaciones con los demás y en nuestras vidas.
Así ocurrió, por ejemplo, en el caso de una conocida que alquilaba habitaciones en su piso. El inquilino de una de las habitaciones le comunicó que se iría antes de que acabara el mes, esperando no tener que pagar más allá de ese día. La arrendataria le dijo que, se fuera el día que se fuera, tendría que pagar el mes completo, tal como se estipuló cuando entró al piso.
Cuando esta conocida me contó el asunto, yo coincidí en que, puesto que había el citado acuerdo de por medio, ella tenía razón: él debería pagar el mes completo. «Ahora bien», agregué, «tener razón no debería impedirnos nunca hacer lo correcto».
Yo consideraba que, por el bien de la convivencia y de las buenas relaciones, lo mejor era llegar a un acuerdo con el que las dos partes se sintieran satisfechas —o igualmente insatisfechas, al menos—.
Esta chica, sin embargo, no lo veía así: como tenía la razón de su lado, no creía que tuviera que ceder en nada. Y no lo hizo.
La falta —o ausencia total— de diálogo provocó tensiones en la convivencia durante los últimos días y, finalmente, una «pequeña venganza» por parte del chico que se marchaba viendo mermado su orgullo: provocó un pequeño desperfecto en el piso cuya reparación costó más de lo que le habría costado a la arrendataria llegar a un acuerdo.
En resumen: la razón es un arma peligrosa en las manos equivocadas. Por encima de la razón deberían estar siempre la comunicación y la empatía.
Comentarios
Publicar un comentario